El silencio de los 60 millones: La nada como proyecto político

Informe especial de Ricardo Mangano, para Ecos Radio.

Hay datos que no son solo estadísticas; son bofetadas. Son radiografías de un sistema que, mientras le pide sacrificios extremos a la gente de a pie, permite que en sus cumbres se instale una desidia que roza lo delictivo.

Lo que revela el informe del sitio Parlamentario sobre la calidad institucional en 2025 —y que el colega Ricardo Mangano analiza hoy con precisión de cirujano para Ecos Radio— es, sencillamente, un delirio.

Hablemos de César Treffinger. El hombre que llegó al Congreso de la Nación por La Libertad Avanza prometiendo, supuestamente, terminar con los privilegios de la “casta”.
Bueno, parece que se tomó el concepto de “silencio legislativo” de forma demasiado literal. Durante todo el período de sesiones ordinarias de 2025, el diputado Treffinger pronunció la friolera de 3 palabras. Tres. No es una metáfora.
Son tres términos que salieron de su boca en el recinto donde se supone que debe defender los intereses de los chubutenses.

Hagamos la cuenta, porque los números en este país suelen ser crueles.
Con una dieta estimada de 5 millones de pesos mensuales, lo que nos da unos 60 millones de pesos al año (en 2025), cada palabra de Treffinger nos costó a los argentinos 20 millones de pesos.
Es, probablemente, la palabra más cara en la historia de la lingüística mundial.
Ni un premio Nobel de Literatura cobra eso por un “buen día”.

Para que tomemos dimensión del insulto que esto representa, miremos un segundo hacia afuera del microclima del Congreso.
Para que un docente de Comodoro Rivadavia gane lo que “vale” una sola palabra de este diputado, tiene que estar frente al aula dando clases durante 1.923 horas.
Eso es casi dos años de trabajo ininterrumpido para pagarle a Treffinger una sola palabra.

O pensemos en la salud, esa que tanto dicen querer proteger.
Un médico de terapia intensiva, de esos que están al límite, tiene que pasar 1.280 horas de guardia —seis meses sin dormir, básicamente— para igualar el valor de un “sí, señor presidente” de este legislador.
Es una asimetría que no resiste ningún análisis moral.

Mientras en los hospitales y escuelas de Trelew o Comodoro se construye el salario con un mes entero de esfuerzo y sudor, en la Cámara de Diputados de la Nación el silencio también se factura, y se factura muy caro.
El problema no es solo que la política hable poco; el problema es que el silencio de algunos es un privilegio que financia la gente que todavía vive de su trabajo.

¿Qué hizo Treffinger todo el año? ¿A qué fue? Porque representar no es solo calentar una banca y levantar la mano por orden partidaria.
Representar es argumentar, es dar el debate, es usar la palabra para transformar la realidad de una provincia, Chubut, que tiene problemas estructurales que no se solucionan con mutismo.

Lo de Treffinger no es austeridad, es vaciamiento de la representación.
Es el “reloj de oro” del Congreso a costa de un pueblo que ya no tiene de dónde recortar.
Como bien dice el informe que acompaña este artículo, en Argentina hay gente que vive de su trabajo y otra que vive de su palabra.
El caso de Treffinger es superador: él vive de su silencio, y nos sale 20 millones por cada palabra emitida, cada vez que se olvida de ser mudo.

Es, francamente, una vergüenza que no admite grises.