El vaciamiento del campo chubutense, las fundaciones extremistas, la proliferación de
guanacos y pumas y la desaparición paulatina del lanar. Un debate incómodo. ¿Quienes
son los que permanecen agazapados, frotándose las manos ante este escenario?.
Un momento para pensar.
La discusión sobre el guanaco en la Patagonia quedó atrapada entre consignas,
simplificaciones y falacias de autoridad. Entretanto, la población de esta especie siguió
creciendo descontroladamente, miles de hectáreas productivas quedaron bajo una presión
cada vez mayor y numerosos establecimientos ganaderos fueron reduciendo su actividad o
directamente abandonados. Esta es una realidad que nadie desconoce en Chubut.
Productores, técnicos y especialistas de distintas provincias patagónicas reclaman la
apertura de un debate profundo y vinculante, sustentado en datos científicos y alejado de
los eslóganes ideologizados que a menudo, esconden dobles intenciones, por no decir
macabras intenciones. El centro de la preocupación gira en torno a una pregunta que pocos
parecen dispuestos a abordar públicamente: ¿qué ocurre cuando una especie nativa
alcanza densidades capaces de alterar el equilibrio ecológico y productivo de vastas
regiones?
Fríos eran los de antes
En el ámbito rural, donde encontramos a pobladores nacidos y criados en el campo entre
ovejas y guanacos, se sabe que el aumento de los guanacos responde a una combinación
de elevada fertilidad y una marcada disminución de la mortalidad natural durante las últimas
décadas. La sucesión de inviernos relativamente suaves registrada desde mediados de la
década de 1980 modificó uno de los principales factores que históricamente regulaba la
población: “fríos eran los de antes”, para decirlo mal y pronto.
Los registros oficiales no contabilizan más de cuatro inviernos fuertes en los últimos cuarenta años.
La consecuencia es un crecimiento sostenido que se acumula año tras año. Las hembras
mantienen una alta tasa reproductiva y los episodios climáticos capaces de reducir
significativamente las poblaciones se han vuelto mucho menos frecuentes, teniendo en
cuenta que este camélido no tiene grasa ni una cubierta robusta en su lomo ni aislamiento
inferior efectivo.
La patagonia en riesgo
La preocupación excede ampliamente la competencia por el alimento con la ganadería
ovina. El foco de la discusión se traslada hacia la capacidad de carga de la estepa
patagónica, un ecosistema sometido a largos períodos de sequía, reducción de recursos
hídricos y crecientes procesos de degradación.
La desertificación es el principal riesgo. A medida que aumentan las poblaciones de
grandes herbívoros y disminuye la disponibilidad de pasturas, la presión sobre los campos
se intensifica. La discusión adquiere entonces una dimensión ambiental mucho más amplia
que la habitual confrontación entre productores y organizaciones conservacionistas
extremas.
En diversas zonas de Santa Cruz y Chubut, productores rurales aseguran observar
concentraciones de guanacos que décadas atrás resultaban excepcionales. También
describen una situación económica cada vez más compleja, agravada por los ataques de
puma sobre el ganado doméstico y los lanares.
El problema involucra simultáneamente variables ecológicas, económicas y sociales. La
reducción de la rentabilidad ganadera repercute sobre el empleo rural, favorece el
abandono de establecimientos y acelera un proceso de despoblamiento que se extiende
desde hace años sobre amplias áreas de la Patagonia.
El tejido cultural
La desaparición de productores representa uno de los aspectos menos analizados de esta
transformación. Además, cada campo que deja de producir implica menos familias viviendo
en el territorio, menos puestos de trabajo, menos escuelas rurales activas y menos actividad
económica en pequeñas localidades que dependen históricamente del sector agropecuario.
Sin dejar de mencionar cómo se daña el tejido cultural asociado a la vida rural productiva.
En este contexto, algunos establecimientos terminan siendo adquiridos por fundaciones y organizaciones extranjeras dedicadas a proyectos de supuesta conservación.
El fenómeno alimenta nuevas tensiones en una región donde conviven distintas visiones sobre el futuro
del territorio.
El ser humano incluido
Los productores sostienen que la conservación también incluye la permanencia de quienes
habitan y trabajan la Patagonia desde hace generaciones. Del otro lado, organizaciones
ambientales defienden la protección de ecosistemas y especies silvestres mediante
modelos de restauración ecológica y preservación de grandes extensiones que terminan
siendo desalojadas y sus instalaciones demolidas con máquinas. Se destruye la historia
para, supuestamente, preservar la naturaleza: ¿una especie de antropofobia?
La existencia de posiciones diferentes no impide la aparición de algunos puntos de
coincidencia. Pero la frase de moda que clausura cualquier intercambio serio y racional es:
“El guanaco estaba antes que la oveja”.
Lamentablemente, esas opiniones vacías son el alimento de grandes torpezas donde los beneficiarios no se domicilian en la Patagonia.
Abundan en los debates en las redes sociales virtuales.
Si bien existen conversaciones entre conservacionistas con gobiernos provinciales y
sectores ganaderos para abordar la cuestión del guanaco, resulta indispensable que esos
debates se den abiertamente y sin dobles fondos. Asesores de gobiernos provinciales
hablan de la conveniencia de convocar ámbitos donde participen simultáneamente todos los
actores involucrados.
No hay números
La complejidad del problema aumenta por la ausencia de cifras oficiales consensuadas
sobre la cantidad total de guanacos que habitan la Patagonia. Aunque existen estudios
parciales, estimaciones regionales y trabajos técnicos sobre capacidad de carga y uso del
pastizal, todavía persisten importantes vacíos de información.
Esa carencia dificulta la elaboración de políticas públicas y alimenta interpretaciones
contrapuestas acerca de la verdadera magnitud del fenómeno. También abre la puerta a
opiniones que lindan con lo ridículo y pasional.
A ello se suman cuestiones regulatorias de alcance nacional e internacional. Cualquier
programa de aprovechamiento comercial, captura o control poblacional requiere
adecuaciones normativas, planes de manejo actualizados y decisiones que son
permanentemente boicoteadas por organismos internacionales extremistas relacionados
con la conservación de la fauna silvestre.
Por ese motivo, quienes impulsan la discusión insisten en la necesidad de alcanzar un
amplio consenso social. Sin ese respaldo, cualquier iniciativa quedará atrapada en
controversias políticas e ideológicas que durante décadas impidieron avanzar hacia
soluciones concretas.
Para pensar…
La Patagonia enfrenta así un debate que trasciende al propio guanaco ya que sobre la
mesa aparecen interrogantes acerca del manejo de la fauna silvestre, la desertificación, el
futuro de la producción ovina, la permanencia de las comunidades rurales y el destino de
millones de hectáreas de estepa.
Mientras esas respuestas siguen pendientes, la población de guanacos continúa creciendo y el problema gana dimensión en un incómodo silencio sobre un vasto territorio de la Argentina. Mientras tanto: ¿quienes son los que permanecen agazapados, frotándose las manos ante este escenario?. Para pensar…
Fuente: escritoriodelsur@gmail.com





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